RESUMEN
CAPITULO XIX DE LA OBRA RÍOS PROFUNDOS
A la ciudad llega un regimiento de soldados
para reprimir a las indias revoltosas. Los soldados ocupan las calles y plazas.
Instalan el cuartel en un edificio abandonado. Ernesto pide al Padre que lo
dejara regresar donde su papá, pero el Padre se niega, dándole permiso en
cambio para salir el sábado a la ciudad, con el Ántero. Ernesto le pide al
Romerito que por medio del canto de su rondín envíe un mensaje a su padre. Los
alumnos comentan los chismes de la ciudad: las chicheras capturadas son
azotadas en el trasero desnudo, y al responder a los militares con su lenguaje
soez, les meten excremento en la boca. Cuentan también que doña Felipa y otras
chicheras habían huido cruzando el puente del Pachachaca, donde dejaron a una
mula degollada, con cuyas tripas cerraron el paso atándola a los postes. La
cabecilla dejó su rebozo en lo alto de una cruz de piedra, a manera de
provocación. Al acercarse los soldados, estos reciben disparos de lejos y no se
atreven por lo pronto a perseguirlas, pues las chicheras ya iban con ventaja.
Llegado el sábado, Ernesto y Ántero conversan en el patio del colegio. Ántero
cuenta que el Lleras había huido del pueblo, junto con una mestiza; el Ernesto
señala que no podría seguir más allá del Apurímac pues el sol lo derretiría. En
cuanto al Añuco, comentan que los Padres planeaban hacerle fraile. También
mencionan el temor de la gente de que doña Felipa retornase con los chunchos
(selváticos) a atacar las haciendas y revolver a los colonos; ante esa
situación, el Ántero dice que estaría de parte de los hacendados. Ambos van a
la alameda, a visitar a Salvinia y a su amiga Alcira. Al ver a esta última,
Ernesto nota que se parecía mucho a Clorinda, una jovencita del pueblo de
Saisa, de quien en su niñez se había enamorado y de la que jamás volvió a
saber. Pero nota que Alcira tiene las pantorrillas muy anchas y eso le
desagrada. Al poco rato Ernesto se despide, y corriendo llega al barrio de
Huanupata, metiéndose en una chichería, que estaba llena de soldados. Uno de
estos afirma que Felipa estaba muerta. Cuando Ernesto pregunta a una de las mozas
si era cierto eso, ésta se ríe y lo empuja, botándole de la chichería. Ernesto
se va corriendo hacía el puente del Pachachaca, para ver los restos de la mula
muerta y el rebozo de doña Felipa que flameaba en la cruz. Al llegar, divisa al
padre Augusto que bajaba cuesta abajo, seguido sigilosamente por la opa Marcelina.
Ésta, al ver el rebozo, se detiene frente la cruz. Se sube en ella y ya con la
prenda en su poder se deja caer, resbalando hasta el suelo. Se coloca el rebozo
con alegría y continúa siguiendo al padre Augusto, quien iba a dar misa a
Ninabamba, una hacienda aledaña. Ernesto retorna a la ciudad y ya al atardecer
regresa al colegio donde se entera que al día siguiente partiría Añuco hacia el
Cuzco.
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